martes, 23 de febrero de 2010

Todo cambio interno merece su apropiada exteriorización.

La liviandad del espíritu se había llevado consigo la inspiración y había dejado sólo un pequeño rastro de su existencia en la tierra.
Eran muchas las emociones, tantas que se le hacia difícil poder bajarlas a lo literal, a lo concreto, a lo expresamente escrito en una hoja de papel.
El intento de vagar sin rumbo, de querer vivir sin necesidad de planearlo todo mil veces y replanearlo, de acomodar nuevos planes a las ideas originales cuando algo no sale como se lo esperaba.
La búsqueda (y el encuentro paulatino) constante, permanente de paz natural, de tranquilidad inaudita.
La embriaguez abrumadora de los sentidos, que por poco dejaba a los oídos aturdidos, a los olores confusos, a los ojos ciegos de tanto resplandor.
La renovación interna. Exhaustiva y total.
La reafirmación al presente.
El regodeo y la reivindicación a la vida, el disfrute de esos placeres, tan comunes para algunos y tan escasos para otros.
La explosión de alegría, el atropello a la razón, sin ninguna razón.
Y por último, la satisfacción de un nuevo objetivo cumplido en la vida, de un nuevo lugar alcanzado en el inframundo de los sueños.

Si, ese cúmulo de sensaciones (algunas nuevas, otras no tanto) eran demasiadas para el espíritu, que huyo despavorido por un tiempo.
Pero ya ha regresado, ya se reincorporó a su lugar habitual, a su esencia, a su raíz.
Y, renovado en si mismo, volvió, con un montón de cambios internos.

Y todo cambio interno merece su apropiada exteriorización.

1 comentario:

  1. Por lo general cuando cambiamos internamente se nos nota.......a menos que no lo desiemos y nos empeñemos en no exteriorizarlo.

    mmmm a mi en particular me cuesta montones disimular ajaja por lo que siempre me descubren....

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